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La ciudad de las...
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Dossier de prensa

Escirbir relatos o cuentos creo que no es lo mío. Lo he hecho alguna vez, pero la verdad es que creo que no es lo mío. De todas formas, a continuación reproduzco dos historias que salieron a la luz en una revista de Cornellà en mayo del 2007. Por si hubiera alguien a quien le interesara. Nunca se sabe. En este mundo hay gente muy rara. Curiosamente, salieron en una revista política, previa a las elecciones municipales de ese año y era del candidato socialista Antonio Balmón. Aún así, para aclarar, en política me confieso escéptico de izquierdas, no alineado con ninguna formación y en el aspecto profesional únicamente crítico hacia todas.

 

El libro  

Demasiado calor y, también, demasiada gente. Nunca me había gustado aparecer los jueves por la plaza de Sant Ildefons. No me gustaban los empujones, los gritos de algunos vendedores o los trozos de tela que te golpeaban cuando tratabas de avanzar entre la multitud. Aunque las camisas o los pantalones de lino de todos los colores, siempre eran más agradables que darse de bruces de forma inesperada con una copia de un bolso de Louis Vuitton, de los que tanto le gustaban a Marisa, o un cinturón de esos que parecían el collar de un perro, tampoco era agradable. Supongo que era cuestión de gustos. Mi calva ya no soportaba más los rayos de sol que los tenderetes de plástico no conseguían difuminar y mi cabeza ya no soportaba más gritos. Decidí abandonar la marea de gente. Nunca la había soportado, aunque estaba allí. Cuando Marisa vivía, si iba al mercado era a regañadientes. Ahora, iba solo. Aunque no tuviera que ir. Me estaba volviendo un viejo estúpido que sólo vivía para los recuerdos, para recuperarlos, para tratar de vivirlos de nuevo. Llegué a un banco. No me senté, me dejé caer estirando mis octogenarias piernas y mis menudos dedos del pie que sobresalían más allá de las chanclas. El placer de llegar a aquel banco, un refugio ideal de los rayos del sol gracias a un enorme árbol que lo cubría completamente de sombra, hizo que no me fijara en que no estaba sólo y que, aquel banco, no estaba tan libre como pensaba. Estaba demasiado ocupado en celebrar, con una sonrisa de oreja a oreja, que estaba en aquel banco, pero, cuando me giré con una mirada de triunfo, me encontré con lo que menos me podía esperar en ese momento. Al menos, no tan cerca. Otra mirada.

-Hola.

Quien me hablaba era una niña que no debía de tener más de cinco años. De piel morena, de negro cabello, de ojos oscuros. De belleza mediterránea, aunque de la otra orilla del mar. Una belleza inocente de ojos profundos. Sonreí. ¿Qué debía hacer allí sola?

-Hola- contesté. En sus pequeñas manos aguantaba un libro, cuyas tapas parecían de piel y por su aspecto, que tenía más años, incluso, que yo. La niña lo tenía cerrado, apoyado en sus piernas.

-¿Qué haces aquí sola?

-Mi papá está vendiendo en el mercadillo

-¿Y el colegio?

-Estamos en julio.

Lo malo de hacerse mayor es que a veces se pierde la noción del día en el que se está. Al haber perdido toda esperanza o, en mi caso a Marisa, ya no importa saberlo. La niña levantó su libro con sus pequeñas manos y me lo acercó. Realmente parecía antiguo.

-Es para ti- me dijo, justo antes de poner en pié y desparecer entre la multitud que caminaba, buscando la mejor oferta, ignorando al anciano que se sentía feliz por haber encontrado una buena sombra.

Me puse en pié, agarrando el libro. Traté de llamar a la niña, pero no sabía su nombre. La seguí con la mirada, pero pronto la perdí. Me senté de nuevo en el banco, con el libro sobre mis piernas, esperando a ver si regresaba. Pero, no lo hizo. Al cabo de la media hora, me decidí a abrirlo. ¡Qué demonios! Comencé, como se debe hacer, por la primera página en la que salía el nombre del autor y el año: Mag Maginet, año 1.795. No pude evitar soltar una carcajada. ¡Aquello era un libro de magia! Y su autor, el Mag Maginet. ¡El ayudante de los Reyes Magos que vive en la Torre de la Miranda ! Lo cierto, es que aunque lo intentaba, no podía soltar, de tanto en tanto, alguna sonrisa mientras iba pasando página. Era un libro totalmente manuscrito, con muy buena caligrafía, como la que conservábamos muchos de los de mi generación que pudimos ir a la escuela durante la República. Había algunos dibujos, ilustrando como preparar las más variadas pociones. También para la calvicie, que durante unos segundos, incluso, llegó a tentarme. Pero lo cierto es que después de convivir con ella durante más de cuarenta años, quizás, si la hacía desaparecer, así, por arte de magia, iba a acabar echándola de menos. Conforme iba avanzando en el hojeo de las páginas, me iba convenciendo, a mí mismo, que, aunque parecía un libro de broma por su contenido, sí que parecía valioso por su aspecto. Su fin tenía que ser la biblioteca Joan García Nieto, siempre que no apareciera la niña. Pero al llegar a la hoja del final me sentí tentado de no llevarlo. Fue cuando leí lo siguiente: Quien hallare este escrito, que sepa que se trata de un libro maldito. Y su lugar ha de estar con el que fue su escritor, acusado por el Tribunal de Su Santísima Inquisición de mago y brujo, y condenado a vagar de por siempre por toda la eternidad. Estaba escrito con una tinta, diferente a la del libro, y al final del texto salía una nueva fecha: 1.802. Definitivamente, debía de ser una broma. La Inquisición , ¿no era algo medieval?

-No, abuelo. En España estuvo vigente hasta el año 1.821.

Quien me lo aclaraba era mi primer nieto. Cuando su madre vivía, era él y su padre el que nos llamaba pesados, cariñosamente, cuando le llamábamos cada día. Ahora era él y su padre quienes no dejaban de llamarme casi a cada momento.

-¿Vas a venir a comer a casa de mis padres?

Era profesor de historia en la universidad. Profesor de historia en la universidad. Había sido el primero en poder estudiar de toda la familia. Y, el primero en ir a la universidad de todo el barrio. Todo un logro.

-¿Así que la Inquisición estuvo hasta el año 1931?

 -No, abuelo, hasta el año 1.821. ¿Dónde estás?

-En el mercadillo.

-¿En el mercadillo?

-Sí.

-Tú odias el mercadillo. A la abuela era a quien le gustaba el mercadillo.

-Lo sé, Miguel. Te llamo luego

Y colgué. Seguro que no había entendido nada. ¿Por qué su octogenario abuelo se preocupaba ahora de la Inquisión ? Seguro que pensaba que me había vuelto loco. Observé el libro que había cerrado de nuevo para poder coger el móvil. Lo cierto es que siempre que sonaba iba corriendo a cogerlo. Mi biznieto, el mayor, Roger, siempre me ponía músicas escandalosas que luego me atormentaban al no saber quitarlas. Para ellos manejar aquel endiablado teléfono era fácil. Normal hablar por él. Cómo habían cambiado las cosas.

Dirigí mi mirada de nuevo hacia el libro, que proseguía apoyado encima de mis piernas. Inmóvil, como están los libros habitualmente, aunque aquel parecía, ya a simple vista, diferente. Lo agarré y me puse en pié, mientras me invadía una idea estúpida: Aquel libro era del Mag Maginet y, según la tradición, más que la leyenda, vive en la Torre de la Miranda. Y yo era un jubilado, viudo, que, realmente, no tenía nada mejor que hacer. Miré de nuevo hacia el mercadillo, tratando de localizar a la niña que no hallé y me puse a caminar hacia la torre. No tenía nada que perder, aunque mi decisión estaba alejada de cualquier racionalidad. Cuando te haces más mayor que la mayoría te das cuenta, mejor que nadie, que la razón, aunque importante, no es ni mucho menos lo primero. Al menos, en algunas ocasiones. Y aquella parecía una.

Sin darme cuenta, me planté justo delante de la torre y miré hacia su planta superior. Si yo fuera un mago condenado por brujería, estaba claro que aquel podía ser uno de los mejores sitios de Cornellà en los que pasar la eternidad. Si desde la base ya valía la pena la vista, desde allí arriba debía de ser mucho mejor. Empujé la puerta inocentemente, esperando que no se abriera y que acabara de pronto aquella pequeña aventura de un bien entrado mes de julio. Se abrió, ligeramente, acompañada de un gruñido que parecía provenir de la profundidad del infierno. La razón no siempre importaba. Yo era el primero en pensarlo, insisto. Pero aquello comenzaba a perder incluso la lógica. Bien es cierto que nunca había tratado antes de entrar en la torre. Y no conocía a nadie que lo hubiera querido hacer. Pero aquella puerta debía estar siempre cerrada, ¿no? Por lo menos, las escaleras no estaban a oscuras gracias a las ventanas que había a los laterales de la torre. Desde que había muerto Marisa había dejado de ir al Can Carbonell y eso se traducía en una pérdida de mi buen estado físico, pero no me iba a rendir ahora, aunque aquellas escaleras parecieran interminables. Tomé aire y comencé la ascensión. Pensé en Marisa, estuviera donde estuviera ahora seguro que se estaba riendo de que su Manuel buscara en la torre al Mag Maginet como un niño más los días previos a la cabalgata de Reyes. Cuando apoyé mi pie derecho en el último peldaño me topé con otra puerta. Seguro que está cerrada, pensé. Aunque, realmente, no lo tenía tan claro. La empujé, como había hecho con la de abajo, con la mano que tenía libre, con la que no aguantaba aquel pesado libro. Y se abrió. Ya no me sorprendió. Tomé de nuevo aire, lo necesitaba después de haber subido todas aquellas escaleras, y entré en el interior de la habitación que coronaba la torre. Justo cuando estaba allí, un viento gélido me golpeó en la cara, borrando de inmediato las gotas de sudor que me cubrían la calva.

-¿Hola?-dije-. ¿Hola?-repetí-. ¡Hola!-insistí. Pero la única respuesta fue mi propia voz, por el eco de aquella sala, vacía, en la que no había rastro de aquel viejo mago condenado a vagar por la eternidad. Antes de subir por aquellas escaleras, antes de levantarme de mi banco, aquel oasis en medio del mercadillo, ya tenía claro que en la torre, casi con total seguridad, no me iba a encontrar al Mag Maginet. Al menos que estuviéramos a los días previos a la cabalgata. Pero no importaba, me había dejado llevar, también conociendo bien la historia de la torre, que aunque imitaba el estilo de las épocas medievales que tanto le gustaban al pequeño Roger, había sido mandada construir, en el siglo XIX, por Arnau Mercader, cerca de su palacio para ser utilizada como mirador de pájaros y observatorio astronómico, no como refugios de almas en pena. Pensé en la niña, quizás todo había sido una broma. Avancé hasta el centro de la habitación y dejé el libro maldito, supuestamente, según la Inquisición , en el suelo. Ahora el viento gélido no me golpeó, me acarició.

-Papá, ¿estás bien?

De nuevo mi nieto me llamaba al móvil.

-Sí, Miguel.

-Es que como antes me has colgado después de preguntarme lo de la Inquisición … ¿Estás bien?

-Sí. Son cosas de viejos.

-Bueno… ¿Vas a venir a comer? Roger no para de preguntar por ti. Vamos a estar todos.

Roger.

-Ahora voy.

Colgué y eché una última mirada al libro. Aquel viento, el mismo que me había golpeado y que no sabía de donde venía, movía ahora lentamente las hojas, como si las estuviera leyendo. Sonreí.

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El día que soñé con Clark Gable

 

Marisa siempre pensó que era verdad que los sueños se pudieran hacer realidad. Los sueños que soñamos, quiero decir. Los sueños que son ilusiones esos se pueden y tenemos que hacer todo lo posible para cumplirlos. Ella también lo tenía claro. Pero los que se sueñan, eso ya era otra cosa. Aunque creía que también, aunque la fortuna no le había sonreído nunca. Había hecho algún intento: “Marisa, hoy vas a soñar que te a va a tocar la lotería”. La lotería no le tocaba, pero también es cierto que, aunque lo intentaba, tampoco conseguía soñar que se llevaba el gordo, la primitiva o cualquier otro premio. Hasta que un día se levantó de la cama, Joan ya se había ido a trabajar, y se encontró justo al lado del armario a un hombre de traje negro, con fino bigote, labio sietemesino, sonrisa impoluta y prominentes soplillos. Le miraba fijamente, con sus ojos pequeños, muy serio. Tenía muy claro que no había salido del armario. Era él. Había soñado con él toda la noche, después de haberlo visto en la tele y ya está. Se había hecho realidad. Bromas del destino. Tenía en su casa a Clark Gable porque lo había soñado. Estaba feliz por ver que los sueños que se soñaban también se hacían realidad, pero aquella imagen, en su dormitorio, le comenzaba a incomodar. ¿No duraba demasiado?

 

Se levantó y fue a preparar café. Si se entretenía demasiado acabaría llegando tarde al trabajo. No es que desde su casa, en plena rambla de Cornellà, a la residencia Sant Jordi, la que está al lado del Eroski, se tardara mucho, tanto si iba andando como en el tranvía, pero temía que aquel hombre le pudiera acabar entreteniendo. “Lo mejor será que no le haga caso”, pensó. Daba por seguro que si no se fijaba en él acabaría desapareciendo y pronto ya ni se acordaría. Es lo que tienen los sueños. Son pocos los que se recuerdan. Y él formaba parte de uno, aunque ahora estuviera despierta.

Pero aquel hombrecillo había salido del dormitorio y seguía con su mirada sus pasos por la cocina. Pasó por detrás de ella cuando la cafetera comenzaba a escupir las primeras gotas de café y salió al lavadero. Inmóvil, comenzó a observar con sus pequeños ojos, las tortugas de Guillem. Guillem. “¿Se lo estaría pasando bien en las colonias? Seguro que sí”, pensó Marisa. Se tomó el café y se fue a la ducha. Trató de ignorar en todo lo posible a aquella aparición. “Seguro que cuando me duche se habrá ido”, pensó. Pero no. ¡Seguía allí! Sentado en su sofá. Lo cierto es que todo aquello le comenzó a preocupar.

-¿Ahora qué hago contigo mientras trabajo?- preguntó al hombrecillo del traje negro, que movió ligeramente los hombros hacia arriba a modo de respuesta. Tampoco quería pensar en la cara de Joan cuando llegara a casa y lo viera.

Por primera vez comenzó a fijarse seriamente en aquel hombrecillo. Tenía el mismo aspecto que el mítico actor, pero parecía vacío de carácter. Era sólo una imagen, parte de un sueño hecho realidad. Cogió la mochila y llamó con un leve silbido a la aparición que, maravillada por las dos tortugas, al menor despiste, corría al lavadero a observarlas.

-Ya te compraré una. Vamos, te dejaré en casa de Mamen- dijo, mientras le metía en uno de los bolsillos de la chaqueta un bocadillo de pan de molde, con lechuga, tomate y queso. Era el que Marisa se iba a llevar a la residencia pero, tampoco lo iba a dejar sin comer. Pensó en Mamen. Quizás, su vecina le podía echar una mano con aquello. Salieron de casa y llamaron a su puerta.

-Tú espera aquí. Hablare yo sólo. ¿Entendido?

La aparición asintió pero no dijo nada. De hecho, en todo aquel rato no había abierto la boca. “Debe ser un sueño mudo”, pensó.

Se escucharon pasos. Estaban en casa. Había tenido suerte, muchas de las mañanas Mamen y su marido, José, las pasaban en el casal d’avis, practicando aquagym o haciendo la más diversas actividades.  

-¿Qué ocurre?- preguntó su amiga alarmada al verme plantada allí delante, con aquel desconocido de bigote y traje negro. Llevaba todavía el pijama y el pelo revuelto.

-Me tienes que hacer un favor. Tengo que irme a trabajar y no puedo dejar sólo a un amigo.

Tampoco se iba a poner a explicar ahora que aquel hombrecillo era un sueño hecho realidad para ella. Literalmente sí, pero ni mucho menos metafóricamente.

Finalmente accedió, después de explicarle una versión muy corta de lo que había pasado. Aquella mujer era un encanto. Y lo cierto es que Marisa sabía que ella era una debilidad para ella, la veía como una hija más.

-Pasa- le dijo al hombrecillo.

Y obedeció.

Entró dentro de la casa de la vecina con la mirada baja, aunque le invitaba a hacerlo una de aquellas sonrisas entrañables de Mamen. Justo cuando entraba en el comedor, José, el marido de Mamen se lo encontró de golpe. Realmente, pasó miedo. Marisa, en ese momento ya se había marchado. Llegaba tarde al trabajo.

 

-No te preocupes, no es el de verdad, este es de Marisa, la vecina, la chica que trabaja en la residencia- dijo Mamen al ver cómo su marido inspeccionaba, con cara de sorpresa y pasado el susto inicial, al hombrecillo impávido de traje negro.

-Pues se parece mucho al de verdad.

-Que no, que este es soñado.

José se quedó mirando a su mujer. Realmente, no quería saber más.

-A ver si sabe jugar al Remigio.

 

José fue a buscar el pequeño tapete verde y la baraja, y, sin desayunar, se sentó en la pequeña mesa del comedor invitando al mítico actor que también lo hiciera. Jugaron horas, sin hablar, ni entre ellos, ni consigo mismo. Se entendían por gestos. Comenzaron con el Remigio, pero pronto pasaron al Mus. Después, el invitado sacó de su chaqueta una baraja de póker y un puro que ofreció a José, quien lo recibió de muy buen agrado. Mamen no le dejaba fumar, pero en ese momento podía aprovechar, ya que ella había bajado a la portería a buscar el correo. Tardaría más de una hora en regresar. No sabía como lo hacía, pero siempre se encontraba a alguien que hacía mucho tiempo que no veía. Metidos de lleno en la partida, José fue al mueble bar a buscar aquella botella, que guardaba como una reliquia. Vino de su pueblo, un buen reserva nacido en Córdoba y criado con cariño en Cornellà.

Siguieron jugando. Sin decir nada. Cuando Mamen subió con la factura de la luz evitó hablar, a pesar de que la casa estuviera llena de humo. Veía como aquellos dos hombres estaban disfrutando. Por la tarde llamó a Marisa y le pidió que le dejara al ex presidente aquella noche, que su marido y él no querían separarse. Preparó el sofá cama, dejó un pijama de lino de su marido apoyado en uno de los brazos del sofá y un vaso de agua. Ella decidió irse a la cama. Mientras, los dos hombres siguieron allí. Sentados, sin decir nada. Sólo jugando a cartas. La noche se le hizo extraña a Mamen, echó de menos aquellos ronquidos de su marido, que, cada media noche, hacían levitar durante doce minutos el despertador de plata que tenían en la cabecera de la cama. Cuando despertó a la mañana siguiente la casa estaba totalmente callada. “Debe ser que el sueño ya se ha ido y Pepe se ha quedado dormido en el comedor”. Sin salir de la habitación entró en la ducha. Mientras se aclaraba la cabeza escuchó la puerta de la calle. ¿Quién será? Al salir de la habitación, con la toalla en la cabeza, encontró a su marido sonriendo de oreja a oreja.

-Es Marisa. Nos ha traído a otro- dijo, ilusionado como un niño, a la vez que señalaba exaltado a otro Clark Gable. Otro ex presidente pero el mismo que el del día anterior. ¡Ya tenían a dos hombrecillos con traje negro en casa! Mamen comenzó a ponerse nerviosa.

-¿Y Mamen se ha ido?- preguntó.

-No. Ahora viene.

Y justo llamó a la puerta.

-Hola Mamen, que me llamaba desde abajo un mensajero.

-¿Y éste?

-Pues no sé, Mamen. He vuelto a soñar lo mismo que la noche anterior y cuando me he despertado estaba otra vez en mi dormitorio, a los pies de la cama. Al lado del armario.

-¿Y tú marido qué te ha dicho?

-Que podía haber soñado otra cosa.

Marisa dirigió la mirada a José, que invitaba al nuevo Clark Gable a tomar una taza de café. El primer hombrecillo y él, ya estaban desayunando.

-¿Y qué vas a hacer? A mi no me importa quedarme un rato con ellos. José parece que les ha cogido cariño, pero ya sabes lo liados que vamos también con todas nuestras actividades.

-Si lo sé Mamen. Yo daba por hecho que el primero hoy ya no estaría aquí ahora. ¿De cuántos sueños te acuerdas con claridad un día después de haberlos soñado?

-Con muy pocos.

-Por eso. No sé que hacer. En casa no nos sobra el espacio y Guillem regresa hoy de las colonias.

-¿Cómo se lo ha pasado?

-Seguro que bien.

José se acercó discretamente a las dos mujeres.

-Ya no me gustan tanto-les susurró.

-¿Porqué?- preguntó Mamen.

-No se el nuevo. Pero el que llegó ayer hace trampas…

Marisa no pudo evitar sonreír.

-¿Qué vamos a hacer con ellos?-preguntó el anciano.

-Eso estábamos hablando.

-Yo casi ya no me acuerdo de lo que sueño por la noche. A lo mejor desaparecen cuando los olvide.

-Eso comentábamos, pero mire José. Creía que el de ayer no iba a estar y hoy ha aparecido otro.

-Mire usted- dijo de pronto una de las apariciones. José, Marisa y Mamen se quedaron parados. Al final sí que hablaban.

-Nosotros nos vamos- dijo, de nuevo aquel Clark Gable, sin esperar respuesta y desapareciendo por la puerta seguido de la otra imagen, su viva imagen, aunque no haga falta decirlo.

 

José, Mamen y Marisa se quedaron con la boca abierta. Sin saber qué decir. Sin poder pararlos. Los dos ex presidentes llamaron al ascensor y, simplemente, se marcharon.

-¿Y ahora qué?- preguntó José.

-Marisa se va a buscar a Guillem y nosotros al taller de memoria- dijo Mamen.

Por suerte, Marisa aquella noche ya no soñó con ningún ex presidente. Sólo con un pequeño elefante de color rosa, al que Guillem le cogió bastante cariño. Realmente, todo el vecindario. Y es que aquel elefante, lo cierto, es que se hacía querer.